Desde 1875, los viajeros eran recibidos en Jahuel con carruajes, cocheros y cabalgaduras, en plena armonía con las costumbres de la época. Las excursiones conducían a un paraje idílico, de clima privilegiado, rodeado de quillayes, maitenes y algarrobos, entre los cuales emergían manantiales de aguas cristalinas que daban forma a amplios y generosos pozones naturales para el baño.
Aunque el alojamiento se ofrecía en carpas o en construcciones sencillas, la experiencia destacaba por su notable nivel: una gastronomía cuidadosamente preparada y una atención dedicada, a cargo de mozos con su elegante atuendo clásico, convertían cada estadía en un verdadero privilegio.
